Carta de Henryk Sacher-Masoch a su madre

Querida Madre,
Me preguntas por qué le tengo miedo al amor?
Me temo que es porque tengo miedo de las mujeres.
Veo en la mujer algo hostil, se me aparece como un ser puramente sensual, exterior, como una naturaleza que no tiene alma. Ambas cosas son atractivas para mí
y al mismo tiempo extrañamente inquietantes.
Sabes cómo amaba sentarme en los confines de nuestro bosque en las tranquilas noches de verano, cuando pasaba de vez en cuando un ligero gemido a través de
las copas de los árboles arriba de mí, y por debajo mío el murmullo profundo de las abejas, de los abejorros y de las moscas doradas, y que sobre cualquier
rama cantara un pequeño pinzón mientras venían hacia mí desde lo más oscuro y espeso del bosque los silvidos de un mirlo. Y entonces tenía la impresión de
que tenía que hablar con el bosque oscuro, pero no recibía ninguna respuesta o bien era en un lenguaje que no comprendía. Y ví que la hiedra entrelazada al
roble en lo que parecía un tierno abrazo aspira lentamente su médula, y ví que el roble de unos pocos años se pudre y se fragmenta, que los suaves vientos
arriba de mí se transforman en una tormenta que derriba el roble, si no es derribado por el rayo. Ví los mosquitos danzando en el sol del atardecer y el
pinzón cazándolos, y graznando sobre él el cuervo, mientras el águila trazaba sus círculos aun más alto. Hoy o mañana tendrá por presa al cuervo, por sus
garras y poderosas alas.
A menudo caminaba por el campo, disfrutando de las amapolas en el resplandor de colores entre las espigas doradas, de las hormigas que construyen sus
terraplenes y de las perdices marrones que cuidan sus huevos. Pero las flores azules y rojas y el amarillo que se ve en el trigo son mala hierba que les
niega la vida. Un día ví un enjambre de hormigas sobre un caracol, como los liliputienses sobre el durmiente Gulliver, que con movimientos espasmódicos
trataba en vano de liberarse de las picaduras. Y el zorro matará a la perdiz mientras ésta incuba sus huevos.
También el mar con sus olas tranquilas y regulares, sus rosas amarillas, su entramado blanco y sus algas verdes, sus lirios de agua, este mar que parece
llamarme, se transformaría en algo frío y mudo que me encerraría en sus brazos si aceptara su seducción engañosa, y luego rechazaría mi cuerpo sin vida
despectivamente sobre la arena de la costa. Susurra monótono con ternura como si cantara una canción de cuna, pero es sólo la naturaleza mortal de la queja,
escucho la voz de la putrefacción. La olas persiguen la tierra y las piedras cavan la roca donde se encuentra la cruz, y cuando se rompe la presa ahogan la
tierra, los animales y los hombres.
Y la mujer que quiere atraerme a su seno, es como la naturaleza que toma mi alma, mi vida, para formar otras criaturas y darme la muerte. Sus labios son como
las olas del mar, seducen, acarician -enloquecen, y el fin es la destrucción.
Puedes burlarte de mi idealismo, sin embargo es lo mejor que podemos tener en esta vida de la que nadie sabe qué propósito persigue ni sobre la que nadie
puede ahondar, que parece existir sólo para su propio fin y a la que el amor le ha sido asignado para continuarse en un nuevo ser, que se llena de gozo con
el calor del sol y el frío de la luna y de las estrellas y que son tomados como presas por la muerte, como nosotros.
Tu Henryk.
*fragmento de El amor de Platon
*traducido por MP
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