El deseo es su propio placer, que al no aprehender lo deseado, aun así se regocija en el dolor de la escisión al escaparse el contacto corporal. Lo noble está en que el placer de la contemplación de ese conjunto sea lo suficientemente fuerte como para estimarla en si misma, al punto que el deseo se agota y solo permanece el reflejo estético de aquel conjunto, como aguijón y bálsamo.
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