En estos días de agitación política tanto parlamentaria cómo en las calles resurge el discurso sobre la importancia democrática y el parlamentarismo, y más levemente sobre la violencia, pero sin tocar la violencia política cómo tal. en épocas de protesta la violencia sólo queda plasmada cómo algo deleznable y antidemocrático, aun ante la falta de una violencia organizada política por parte del pueblo, el fundamentalismo democrático a pacificado la conciencia del pueblo e interiorizado el marco formal de la legalidad, tambien viendo a la violencia cómo una excepción en un marco de paz formal, cómo una contingencia aun cuando esta es cotidiana y palpable, y aun más explicita en la ejercida por las fuerzas del Estado. La sociedad civil así se encuentra presa de aquello qué piensa qué lo protege, secuestrado por la misma seguridad qué le impide romper con los limites de dicha formalidad qué instituye qué puede y qué no un pueblo frente a las instituciones. Pero el pueblo no es la sociedad civil, su Ser no coincide con la formalidad burguesa impuesta por las instituciones, este es el secreto para salir del fundamentalismo democrático qué considera a la sociedad cómo un conjunto de individuos, de ciudadanos sujetos a las instituciones cómo a su ideología. La violencia política siempre es ubicada del lado de los poderes facticos, de la sociedad política, cuando esta aparece en el pueblo cómo respuesta rompe la ilusión de sociedad civil abstractamente sujeta al Estado, la clásica distinción entre estas dos esferas se hace clara pero tambien nos encontramos con el problema de haber quitado de la subjetividad del pueblo el uso legitimo de la violencia, la victoria ideología del liberalismo ha sido convencer a la mayoría de qué cualquier acción de fuerza equivale a un pecado contra la sacralidad de las instituciones democráticas, y a su vez el estado y sus instituciones garantizan la violencia política efectiva desde arriba, mientras delega la ilusión de la vía pacifica a la sociedad. La noción de pueblo sin embargo no es algo dado, o mejor dicho necesita de autoconciencia así cómo la conciencia de clase, el pueblo necesita conciencia de su Ser. La violencia política en sí no es revolucionaria y no queremos dar a entender eso de manera simplista, pero en todo despertar de esta conciencia de sí se rompe la supuesta santidad de las instituciones democráticas y es la fuerza la qué se impone contra la injusticia material qué se esconde bajo la justicia formal, todo momento revolucionario implica el hacer uso de la fuerza, en el qué se impone la necesidad concreta del poder de una clase y ser nacional o regional contra otro poder global qué niega su ser, la lucha entre la unipolaridad y la multipolaridad. Tambien hay qué evitar caer en el error de pensar qué una minoría violenta pueda movilizar a las grandes masas al modo anarquista o foquista clásico, esa violencia revolucionaria (qué tal vez se encuentre en potencia ya en el pueblo) debe ser conducida por un sector más avanzado pero pequeño de la población teniendo en cuenta su carácter, lo cual es algo a estudiar y siempre difícil de precisar una estrategia para romper el embrujo ideológico del liberalismo, el Ser propio de un pueblo debe ser despertado de manera voluntaria, pero para ello no puede forzarse desde fuera de los intereses objetivos qué ya están en el pueblo más combativo al modo típico de los marxistas occidentales, o tratando de diluir su carácter de clase en una falsa armonía con el capital al modo Peronista, pero respetando esta orientación sí es la qué la mayoría tiene, sólo explicando porque es necesario superar ese limite para una independencia de clase. En cuanto a la izquierda el panorama es complicado, ya qué sí bien tiene cierto carácter combativo qué las izquierdas del primer mundo no tienen carece de articulación, de una orientación clara y sobre todo de gente, de pueblo. Otro factor de esta época de agitación es qué saca a la superficie el factor de clase irreconciliable qué la ideología busca ocultar, aun en las capas con menos conciencia de clase de la sociedad y aquellos más cercanos a al individualismo político del progresismo, hay una historia y unas condiciones concretas qué impiden la subordinación total de la población a los designios del capital financiero, más allá de la atomización de la sociedad hay un limite qué siempre se pone a esta avanzada. Sabemos tambien qué el verdadero poder político lo tendrá la movilización de los sectores más importantes para la economía y la producción junto a los sectores dormidos qué aun viven alienados en la cotidianidad, pero esta fuerza requiere del sindicalismo el cual esta completamente cooptado por la clase dominante. El tratamiento del decreto ha demostrado qué la democracia liberal es el problema y no la solución, qué aquello qué presenta cómo una falla antidemocrática y un exceso es perfectamente compatible con su ejercicio del poder, y qué ambos lados de la grieta buscan preservar esta falsa dicotomía. el DNU no es antidemocrático, lo qué ocurre es qué la abstracción democrática y su legalidad no impiden para nada las reformas, de además un gobierno electo bajo sus propias reglas, ¿y por qué habrían de hacerlo cuando su naturaleza es inseparable del capital?. ¿Cómo es posible qué la democracia no tenga herramientas contra la inconstitucionalidad qué denuncia?, es así qué la inmutabilidad de este sistema en su apertura progresiva permite aquello qué luego demoniza para auto inmunizarse, simplificando, es una estafa.
El monopolio de la conducción de este movimiento espontaneo tambien es un tema complejo y abierto, pero tenemos claro qué la conducción oficial o falla en capitalizar la fuerza o la disuelve en colaboracionismo, se necesita un acontecimiento qué rompa esta dinámica, pero esto es algo del futuro y del kairos, de la improbabilidad qué irrumpe en la linealidad de la historia y da un nuevo Ser a una época. La sombra de este caos siempre acecha
No hay comentarios:
Publicar un comentario