Quien envidia el tonto jugueteo amoroso de pálidos adolescentes, mancha sus partes con una sangre irrecuperable.
Y si desvío la mirada, es para apreciar lo carcomido de ese techo, como el verde se lo apropia. Y pensar que así nos devorará también.
jueves, 7 de julio de 2016
lunes, 4 de julio de 2016
Canto II
Se desvanece en un ocaso
la conciencia en fuego fatuo
se detienen los torrentes
en el cuerpo y en el mundo
para el caído, en toda tierra
¿un no ser o el infinito?
la conciencia en fuego fatuo
se detienen los torrentes
en el cuerpo y en el mundo
para el caído, en toda tierra
¿un no ser o el infinito?
domingo, 3 de julio de 2016
Canto I
Mejor evitar la crueldad del azar
llevando con nosotros, siempre
la hoja que nos dará muerte
sábado, 25 de junio de 2016
En el silencio mas calmo, el mínimo ruido es un ataque, un enviado del miedo y la duda el cual dicha presencia nos roba el sosiego, oh!, si solo encontramos patria en el tacto, el cuerpo y la androginia, el deseo acabado en tu forma nueva, ni hombre ni mujer, ni bestia ni Dios. Camarada en la carne y el espíritu, disparemos nuevamente!, el eco nos cubrirá en formas mientras escapamos, un lecho triunfal nos espera, entre aromas y símbolos, Agave despierta y algo hay en su mano, oprime con fuerza y vibrante brillo refunda este mundo.
miércoles, 6 de abril de 2016
miércoles, 23 de marzo de 2016
Edad de oro
Áurea la primera edad engendrada fue, que sin defensor ninguno,
por sí misma, sin ley, la confianza y lo recto honraba.
Castigo y miedo no habían, ni palabras amenazantes en el fijado
bronce se leían, ni la suplicante multitud temía
la boca del juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
Todavía, cortado de sus montes para visitar el extranjero
orbe, a las fluentes ondas el pino no había descendido,
y ningunos los mortales, excepto sus litorales, conocían.
Todavía vertiginosas no ceñían a las fortalezas sus fosas.
No la tuba de derecho bronce, no de bronce curvado los cuernos,
no las gáleas, no la espada existía. Sin uso de soldado
sus blandos ocios seguras pasaban las gentes.
Ella misma también, inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas
rejas herida, por sí lo daba todo la tierra,
y, contentándose con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
las crías del madroño y las montanas fresas recogían,
y cornejos, y en los duros zarzales prendidas las moras
y, las que se habían desprendido del anchuroso árbol de Júpiter, bellotas.
Una primavera era eterna, y plácidos con sus cálidas brisas
acariciaban los céfiros, nacidas sin semilla, a las flores.
Pronto, incluso, frutos la tierra no arada llevaba,
y no renovado el campo canecía de grávidas aristas.
Corrientes ya de leche, ya corrientes de néctar pasaban,
y flavas desde la verde encina goteaban las mieles.
Ovidio, Las edades del hombre - Las Metamorfosis
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